(Al querido amigo Mochi…)

(por Alejandro Pinto) Esto hierve desde las cuatro de la tarde, dijo parado frente a la hornalla, revolviendo el aire con su mano. Esto va a estar, siguió diciendo y apretó el índice contra el pulgar, levantando un poco su cara, cerrando sus ojos y estirando su voz unos segundos con su boca cerrada dejándose invadir por el aroma del puchero. Olía en verdad muy bien, incluso con su gesto incrementó el buen augurio de todo eso que se cocinaba en la olla. Siempre acertaba con los condimentos, pero con la sal más de una vez se arrepentía. Debe ser cosa de poetas, no sé.

¿Cómo estás vos? ¿Bien? En una hora comemos. Vení, sentate. ¿Qué vas a tomar? ¿Estás escribiendo algo? Siempre las mismas preguntas. Antes de responderle, y después de sentarme en uno de los sillones de la sala, me gustaba mirar el machimbre de las paredes. Me daba la sensación de estar adentro de un barco antiguo, o algo parecido a eso, con ese barril de madera a un costado sosteniendo la escultura de Mónica: una pecera conteniendo una almeja azul grandota, entreabierta, donde se podía ver en su interior la figura de una mujer recostada de espalda, también azul, o eso recuerdo y me equivoco. También le echaba un vistazo, a la pasada, a los cuadros de sus amistades colgados ahí: la pintura de las mujeres desnudas de Rodrigo sobre la cocina; la barra de madera en la que se acodaron todas y todos los que pasaron por su casa, y en la que lo vi escribir más de un poema; la colorida y rústica mesita de mosaicos de Carmen; el retrato que le hizo Rep en la pared de la entrada con el agujero que sin querer una noche le hice cuando se me cayó una batería de auto encima; el sufrimiento y las manos grandotas de Guayasamín en la otra esquina; la biblioteca con los tomos gruesos del diccionario de la RAE rodeada de literatura patagónica, y las fotos de sus hijos y la de su padre pescador en la cúspide; el pájaro negro y brillante, con sus alas abiertas y duras como la eternidad que le regaló Maca, y la lámpara vieja de luz anaranjada colgando del techo.

Estoy bien, sí, escribiendo, le dije. Y en eso apareció Risco, un gato viejo y serio que él tanto amó, entrando por la puerta con su mirada oscura, como un ángel desengañado, y su pelaje enredado pero completamente blanco como una hoja indomable.

En la olla burbujeaban las rodajas de choclo como ruedas de oro gruesas y humildes llevando el carruaje del puchero a destino. Los trozos de papa se susurraban entre ellas algunos versos que robaron de las manos del poeta que las cortó. El ajo jugueteaba en la superficie, entre los charcos iridiscentes del caldo y las islas verdes del perejil, del tomillo, del orégano. La nuez moscada era un brillo del pasado. El caracú era el dios del océano y el alma de las lenguas. La carne era un gesto hundido, un mensaje secreto que más tarde recibíamos con sorpresa disimulada y entusiasmo inédito, gracias al hambre y la imaginación común de todos los días.

Entonces después de comer y beber, después de toda esa ceremonia inicial, empezó la noche atiborrada de poesía y anécdotas, de chistes y lágrimas, de esperanzas y caparazones, de insultos y elogios. Hasta que nos empezamos a pelear como de costumbre, y me echó de su casa, pero se fue él.

Foto: Alejandro con Julio Leite.

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