Cuatro mujeres de distintas generaciones que escogieron el camino de la investigación cuentan su experiencia y animan a las más pequeñas a perseguir su sueño sin atender a los estereotipos de la sociedad.

Lara González Ceballos. Ciencia y tecnología de los alimentos. «En mi primera visita a un laboratorio universitario me enamoré del sitio».

Con la misma cara de seriedad y concentración que sale en la foto en la que cuenta a sus padres con qué piezas había jugado su primer día de cole, Lara González Ceballos (Burgos, 1993) explica cómo funcionan los sensores que investiga con el Grupo de Polímeros de la Universidad de Burgos. Esa rigurosidad y meticulosidad en lo que emprende se mantiene.

No hace tanto de aquella infancia. González Ceballos es hija de la ESO. Cuenta que si se para a pensar cuándo decidió que su futuro vestía bata blanca, cree que siempre le gustaron las ciencias. «Me encantaba la biología y la química», recuerda y agrega que el primer paso lo dio cuando tuvo que decantarse entre ciencias y letras en Bachillerato. El segundo vino a la hora de elegir la carrera. Ahí resultó providencial una visita en 1º de Bach a las instalaciones de la UBU. «Nunca había estado en un laboratorio universitario y yo me enamoré del sitio. Me gustó muchísimo», expresa.

Ese flechazo determinó que escogiera Ciencia y Tecnología de los Alimentos, antaño especialidad de Química y ahora grado único.

Una vez en el campus, ese idilio con el laboratorio fue creciendo y al año ya tenía claro que lo suyo sería la investigación. Hizo el máster en Biotecnología Alimentaria. Buscando, esperando, brujuleando para seguir en el mundo de la investigación, concurrió a un contrato y empezó a trabajar en el Grupo de Polímeros. Ahí continúa ahora con una beca predoctoral. En uno de esos laboratorios de la Facultad de Ciencias, rodeada de botes de todos los tamaños, detalla ilusionada que trabajan en el desarrollo de sensores que detectan la presencia de una determinada sustancia en un producto o muestra en apenas unos minutos con lo que se simplifica el proceso.

González Ceballos tuvo claro su camino y nadie le paró los pies por ser niña. Pero sí reconoce, por casos cercanos, que los estereotipos aún pesan en la sociedad actual. «Hay chicas que no lo tienen claro y se orientan hacia las letras porque tradicionalmente ha sido así», lamenta y les anima a abrazar la ciencia si les gusta de verdad. «Hay sitio para ellas, cada vez somos más mujeres y cada vez más mujeres jóvenes», se entusiasma sin obviar que «queda mucho camino, sobre todo en carreras como las ingenierías».

Sara Gutiérrez González. Arquitectura Técnica. «Todos, niños y niñas, disfrutan en igual medida en los talleres que hacemos».

A Sara Gutiérrez González (Burgos, 1980) nadie le enseñó qué era eso de la investigación durante la carrera de Arquitectura Técnica. Su destino estaba escrito. Eran los años del boom de la construcción. Y, efectivamente, siguió el camino marcado. Antes de levantar el título ya estaba trabajando en una empresa. «Me encantó, tanto la carrera, como la profesión», anota y recuerda que en su momento barajó estudiar Magisterio por lo mucho que le atraía la docencia. ¡Quién iba a imaginar que algún día combinaría ambas!

Entró en la Universidad de Burgos hace once años para dar la parte práctica de Materiales de construcción. Las exigencias del área la llevarían luego a tocar mediciones y presupuestos, tasaciones o eficiencia energética, donde se mueve ahora, además de ser directora del Centro de Cooperación y Acción Solidaria.

Cuando irrumpió en el campus, el laboratorio quedaba lejos. Su formación era completamente técnica. Pero de la mano de otros compañeros, pronto se empezó a emocionar con las posibilidades de la investigación. Entró en el Grupo de Ingeniería de la Edificación, con Verónica Calderón y Jesús Gadea, sus directores de tesis, Carlos Junco, Ángel Rodríguez y Jesús Garabito. Un equipo mutidisciplinar, que, entre otros logros, ha conseguido que su proyecto de recuperación de residuos de poliuretano para hacer placas de techo sea fabricado y explotado por una firma privada. «Es muy difícil conseguir esto. ¡Es un éxito!».

Una de las patas de ese grupo se asienta en la divulgación. De su mano, alrededor de 600 escolares de 3 a 16 años han tenido su primer contacto con un laboratorio. «Todos, niños y niñas, deben tener las mismas oportunidades de poder conocer y enamorarse de este aspecto de la ingeniería y la construcción. Todos disfrutan en los talleres en igual medida, con independencia del género».

Huye de consejos. «Cada persona tiene una casuística». Advierte que cuando se es joven influye el entorno, la presión social… Y es difícil hacer lo que una siente e intuye. «Lo ideal es confiar en lo que una quiere y hacerlo por ella misma, pero estamos muy condicionados por agentes externos. Quizás basta con trabajar por lo que una cree que le hará sentirse feliz», aventura sabedora de que la teoría es fácil, pero la práctica…

María Martinón-Torres. Paleoantropología, Directora del Cenieh. «Habría que fomentar una educación que no separara las ciencias y las humanidades».

La lectura de libros como los de Sherlock Holmes fue el chispazo que prendió en María Martinón-Torres (Orense, 1974) el deseo de estudiar paleoantropología. «En esas lecturas, como en la investigación científica, nos mueve la curiosidad y las ganas de interrogar a la realidad. La lectura es el terreno más amplio, fecundo y accesible a través del cual un niño puede investigar lo que le gusta. Esto es esencial tanto si eres ‘de letras’ o ‘de ciencias’», expone la científica a través del correo electrónico y agrega: «De hecho, creo que habría que fomentar una educación en la que las ciencias y las humanidades no tuvieran que separarse. Siempre me gustó leer y escribir», concluye la también directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh), profesora honoraria del Departamento de Antropología de la University College London, miembro del equipo de Atapuerca desde 1998, autora de más de 70 libros y artículos en las revistas de ciencia más prestigiosas, líder en proyectos en China y Georgia…

Martinón-Torres siempre tuvo muy claro que se dedicaría a una carrera científica. «Decidí que quería hacer paleoantropología antes de comenzar la carrera, de modo que escogí Medicina sabiendo que la aplicaría de una forma menos convencional, indagando en la vida de pacientes de cientos de miles y millones de años», comparte y asegura sentirse afortunada por lanzarse hacia esa meta, y no sola. «Conté con dos tipos de apoyo esencial. El primero, el de mi familia. He crecido en un ambiente positivo, estimulante, en el que se fomentaron siempre las ganas de aprender y la confianza en mis posibilidades. Este aspecto es fundamental. Muchas veces nos limitamos a nosotros mismos por falta de confianza en nuestras opciones. Es necesario invertir esfuerzo en las etapas tempranas de la educación», se explaya antes de pasar al segundo pilar, que halló ya en el ámbito laboral. «He llegado donde estoy con mucho esfuerzo, pero también el respaldo y la generosidad de mis mentores fueron cruciales para el desarrollo de los méritos con los que me he abierto camino. El mundo laboral está lleno de retos, pero es importantísimo seguir invirtiendo en una educación positiva, sólida y estimulante para que, cuando aparezcan las dificultades, nunca dudemos de nosotros mismos y nuestras capacidades».

Ana Isabel Ortega. Arqueóloga. «Si quieres ser payasa o astronauta, hay que intentarlo; luego la vida es inesperada» 

Las ganas de comerse el mundo, de ir siempre un paso más allá y la ilusión en todo lo que emprende se mantienen inalterables en Ana Isabel Ortega (Burgos, 1960), que habla con la misma avidez de la tozudez de la niña que prefería dictar las cartas a ser quien las mecanografiara, de la joven que plantaba cara a los obreros cuando iba a registrar los restos arqueológicos de una obra o de la investigadora que mira al cielo para ver si la lluvia permite cambiar la dañada cubierta de Cueva Fantasma. Pertenece a una generación en la que aún era difícil ver a una chica en según qué puestos, pero siempre se lo tomó como un reto del que siempre salió bien parada. Y desde esa atalaya se dirige a las niñas de hoy. «Si quieren ser payasas, que lo sean; si quieren ser astronautas e ir a la luna, que, por lo menos, lo intenten. Luego la vida es inesperada y nunca sabes, empiezas en un derrotero y acabas en otro, pero intentarlo es primordial», resume antes de viajar en el tiempo y encontrarse con aquella joven que eligió el camino que la llevaría a Atapuerca y Ojo Guareña, los dos yacimientos en los que ha trabajado de forma casi ininterrumpida, aunque en ocasiones simultaneado con otros. «La vida te sorprende, es rara».

Y lo es porque cuenta que su primera elección fue Educación Física, llevada por su pasión por el atletismo -un deporte raro para una chica en aquel tiempo-. Le dolió poco quedarse fuera porque ya entonces, desde 1979, estaba en el Grupo Espeleológico Edelweiss, que le proporcionaría ese chute de energía. Se quedó en Burgos a hacer Historia. Desde el minuto uno mostró sus inquietudes. Colaboró con Apellániz, se acercó a Atapuerca a ver a Emiliano Aguirre tan deseosa de excavar que la emplazó al día siguiente. Y todo llegó rodado.

Se especializó en Arqueología. Se incorporó al mundo laboral justo cuando, espoleados por Europa, llegaba una sensibilidad especial por los hallazgos arqueológicos. No la faltó trabajo. Enlazó unos con otros, consiguió becas, algunas tan prestigiosas como la Juan de la Cierva o la Fulbright, que la llevó a Estados Unidos… Ahora trabaja con una de la Fundación Atapuerca.

Apunta que tal vez la investigación arqueológica no parezca ahora tan determinante como la médica, pero «pone las bases para que entendamos mejor el mundo y comprendamos su diversidad».

Fuente: https://www.diariodeburgos.es/Noticia/ZE8DCC45B-B3D0-BF28-DD288C0CCBF9557B/202102/Mama-quiero-ser-cientifica

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