De Alejandro Pinto.
«Se llama Luna, tiene unos 60 días, es una gatita muy cariñosa, pero ayer me quiso matar. Estaba sirviéndole un poco de agua, yo pensé que estaba en la habitación. Cuando se estaba llenando su bandejita apareció corriendo por atrás como un pequeño rayo peludo y afilado. Saltó directo a mi brazo clavándome sus uñas como alfileres. Cuando la quise sacar giró su cuello y hundió sus dientes en mi piel. ¡Luna! grité apretando los dientes. Tenía las orejas hacia atrás y la mirada perdida con las pupilas dilatadas como dos agujeros negros queriéndose llevar toda mi sangre. La agarré del cuero por atrás del cuello. Sentía el dolor con los huesos. Una imagen oscura empezó a cubrir mi mente. Tiraba pero no quería salirse, al contrario, apretaba más fuerte. Cuando la logré desprender la tiré hacia un costado. Me miré el brazo y después a ella. ¡Qué hacés boluda! le dije. Clavó su mirada todavía loca y desconocida en medio de mis ojos. Levantó su lomo hinchando su pelaje. Sacó sus uñas contra las baldosas de cerámica como mostrándome veinte cuchillos brillantes y afilados. ¿Qué te pasa? Volví a decirle agarrándome el brazo lastimado. Me ardía hasta la médula. ¡Salí de acá! le grité mientras encaraba hacia el baño para echarme agua fría. Pero no llegué a dar un paso que saltó a una de mis piernas. Atacó de nuevo de la misma manera, decí que tenía un jean grueso, no llegó a morderme. Levanté la pierna y voló hasta el sillón. Nos quedamos mirando.
Su cuerpo mide lo que un tubito de papel higiénico con patas, cabeza y cola. Es negrita y blanca, incluso la otra vez mi hija descubrió que tiene un corazón blanco en su espalda negra. Re linda. Linda y letal. Nos quedamos mirando y enseguida supe que volvía al ataque. Asique al momento que saltó del sillón salí corriendo. Justo cuando entré al baño y cerré la puerta alcancé a ver su pequeña figura arrojando sus garras al aire. Terminé de cerrar con mucho miedo y sentí el golpe. ¡Qué te pasa loca de mierda! Le grité desde adentro. Empezó a arañar la puerta como una fiera. Abrí la canilla y empecé a echarme agua fría, tenía la piel roja y magullada. Dejé el brazo ahí varios segundos. Me lavé la cara, las manos, volví a mirar las líneas rojas en mi piel con algunos puntitos de sangre. Por la dudas enjuagué bien todo eso. De repente escucho que empieza a maullar. Pero no con bronca, si no como pidiendo clemencia, que la deje entrar, que no la deje sola, que se sentía muy triste y abandonada del otro lado de la puerta, que me extrañaba con todo su corazón blanco en su espaldita negra.
Cuando abrí estaba sentadita en el piso y me miraba con sus ojitos nuevos y brillantes, como si nada hubiera pasado. Pasé caminando por al lado sin darle bolilla. Me siguió hasta la sala. Me senté en el sillón y se acercó caminando toda primorosa levantando su colita en el aire. Me vio ahí sentado, maulló otra vez y corrió suave como una pluma hasta mi regazo, dio otro brinco hasta mi mentón y se acostó ahí ronroneando como si los días de la vida estuvieran hechos de minutos afelpados y calentitos. Apoyé la cabeza contra el respaldo, y me dormí. Lo último que recuerdo es su respiración en el cuello».

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