Es un honor darle la bienvenida al equipo de Ruloeducatdf, al reconocido y querido escritor, Alejandro Pinto, quién nació y desde aquel entonces, cuida y ama profundamente a la ciudad de Río Grande.

Con su grandeza intelectual, su extraordinario talento ejercido con la pluma y esa simpleza que conserva al tratar con otras personas, es lo que nos garantiza saber que nuestros lectores también tendrán un momento de pleno disfrute para soñar y proyectar.

“La mesita de luz” forma parte de su próximo libro, el cual se titula “Entre soles y ladridos”.

LA MESITA DE LUZ

En la esquina de mi casa dejaron sobre la vereda una mesita de luz. Pero no sé si la sacaron para ventilarla o para que el que la quiera se la lleve. Yo no lo podía creer. Nunca, ni por casualidad, me hubiese imaginado que podría llegar a sentir amor por un mueble, hasta que esa mañana me asomé a la ventana de la cocina solamente para mirar como de costumbre, y la vi.

 ¿Qué hago? La tengo que ir a ver, pensé. Prendí la hornalla y antes de poner la pava busqué las zapatillas. Abrí la puerta y salí para allá. En una parte la fila de álamos en la vereda de la carpintería no me dejó verla, después el sol de frente. Pero cuando iba pasando por lo de Haydee ya la tenía a tres metros nomás, y la podía ver con claridad. Ahí estaba. Me quedé mirándola nomás. No había nadie, busqué pero no había nadie.

 ¿Seré yo el elegido? Me pregunté y enseguida sentí en el pecho algo similar a eso que se siente con las personas.

Era hermosa, parecía como salida de un sueño, y soñando ella a su vez con mi lámpara. Se la veía tan mitológica, bañada por la luz del sol y adornada por la brisa y el sonido de las hojas de los álamos. Hasta que me cayó la ficha, y con la ficha la angustia. Porque claro, no podía llevármela. No podría. No sería la misma. Perdería la luz de esa soledad que la hacía tan encantadora. No sería la misma estando en la seguridad opaca de mi cuarto, rodeada de esas paredes tan duras y tan quietas. Además perdería su esencia, perdería la magia de ser ella y estar ahí, donde no debería estar, pero sin embargo está, y tan linda se ve a la intemperie, en libertad. La realidad me cayó como un ladrillo sobre las manos, como un ladrillo que de repente no podía soltar.

 Volví caminando despacio. Giré dos veces, la segunda volvió a taparla la hilera de álamos. Mi único consuelo estaba condenado a extinguirse en la ventana de la cocina, y entonces la vereda volvería a ser la misma de antes, o más vacía, hasta que los días pasen y el tiempo haga lo suyo. Agarré la pava, cebé el mate y me acerqué a la ventana a mirarla otro rato. Es hermosa, pensé.

 

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