Como muriéndose

tus palabras golpearon

mi corazón sin armadura,

y tu carro de guerra

arremetió sobre mis huesos

adormecidos y desiertos.

Como dentro de una escafandra

escuchaba tu adiós

calcinándome…

mientras desde la ventana

la nevisca bajaba

cabeza gacha

desde el gris infinito.

El dolor

clavaba su corona de espina

sobre mis sienes,

miraba sin ver…

una pared que me encerraba,

y una mano invisible

estrechaba mi pulso

como un viejo vértigo.

Como muriéndose

tus palabras hicieron nido

en las ruinas de mi alma,

que se despedazaba

huyendo como ceniza

entre los dedos,

y fue adiós…

que no lo entendieron

los druidas de mi espíritu

encallado

en un puerto fantasma.

Como muriéndose

el eco de tus palabras

desde un precipicio

balbuceaban despedidas

Y me quedé allí,

petrificado…

estrujando con fiereza

un corazón

que sangraba silencios…

CARLOS GIMÉNEZ, DE USHUAIA. 

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