La voz del viejo lobo respondió al llamado de Gatica, sonó como un trueno empetrolado en la profundidad de esa vieja oficina, allá en el galpón abandonado de la calle Don Bosco. Para entrar ahí había que cruzar un enorme portón cerrado con candado. En una de las esquinas tenía la chapa desclavada, de modo que agachándose y abriéndola con un poco de fuerza se podía pasar por ahí.

 Cuando lo conocí llevaba puesta una campera azul que parecía negra, y un reloj en la manga que marcaba siempre la misma hora. Los ojos parecían dos coágulos de sangre y tenía las manos grandes y huesudas, curtidas por la indigencia. La única piel que se le veía en la cara era la de los pómulos abultados y la de la frente estrecha, el resto estaba cubierto de pelo hirsuto y grasiento, por eso el apodo.

 Tronó la respuesta del viejo lobo en esa oficina que era un cubículo más oscuro que su voz. Le costó salir de ahí, lo hizo muy despacio ayudándose con el umbral donde ya no había ninguna puerta. Apareció y era un ángel hecho pedazos, desterrado del mundo. Le extendí la mano que estrechó sin fuerza, y acompañó el saludo con una sonrisa agujereada parecida a un trapo oscuro que se le salía de la boca.

 Un día antes de conocerlo, justo había terminado de leer un libro de poemas de Bertolt Brecht, y me acordé de Gatica. Fui hasta la pensión donde él paraba y le regalé el libro. Al otro día, tipo diez de la mañana, sábado, cayó a mi casa. Yo dormía, me despertaron los golpes en la puerta. Al principio no le di bola, pero insistió tres y cuatro veces más, asique me levanté. Ni me imaginaba que podía llegar a ser él. Apenas abrí la puerta y asomé la cara la luz del sol me quemó los ojos. Estuve algunos segundos hasta descubrir la figura de Gatica preguntándome muy contento y entusiasmado, hasta incluso levantando la cara, si quería conocer el existencialismo. Vení que te quiero presentar a alguien, me dijo después de golpearse el pecho con el puño. Al principio yo no entendía nada, hasta que me acordé del libro que le había regalado. Asique supuse que lo había leído a la noche, y entonces ahora venía a ofrecerme una retribución o algo así. Me cambié y salí. Caminamos unas cuantas cuadras y llegamos al galpón de la alle Don Bosco. Primero pasó él, atrás yo. Cuando crucé la chapa me enderecé muy rápido, y me di la cabeza contra un fierro que había atravesado por encima. Miré a Gatica, no se dio cuenta, me hice el boludo y seguí caminando. Entramos a una especie de taller para autos, o lavadero, abandonado hace mucho tiempo. No habían máquinas ni nada, solamente quedaba la estructura de material como un fantasma recordando lo que fue. Atravesamos el salón principal  y terminamos en el sector de las oficinas, o algo parecido. Gatica se arrimó al cuarto más oscuro y pegó el grito:  –¡Viejo lobo!–. Y adentro respondió una voz gruesa y rotunda:  

–¡Eh…!–.

 Salió y Gatica nos presentó. Ale, viejo lobo, viejo lobo, Ale. Nos saludamos y se encaminó al salón principal balbuceando algo, lo seguimos. Ahí el piso estaba forrado de cartones húmedos, tetras vacíos, pedazos de telgopor, botellas rotas, y unos ladrillos que usamos de asiento. Apenas nos sentamos el viejo lobo acomodó una mano sobre la rodilla y empezó a hablar. Empezó contándonos cuando fue monaguillo, de pibe. Fue ahí cuando aprendí a tomar, doblándome bajo la santa crucifixión, nos decía. Hablaba sin apuro, como mirando fotos. Cuando dijo que el cura lo empezó a mirar con el mismo desprecio que lo mira hoy la gente, hizo una pausa y buscó mis ojos, sonrió y otro trapo oscuro se le salió de la boca. Yo no sabía qué decir hasta que el viento sacudió una chapa desclavada en el techo llamándonos la atención. El viejo lobo después de chistar comentó algo parecido a que a veces soplaba tan fuerte que no lo dejaba escuchar si seguía respirando, y miró al piso como buscando a Dios para apagarlo como un pucho. Gatica largó una carcajada y se paró para sacar un paquete de cigarros del bolsillo. Nos convido uno a cada uno y nos quedamos fumando en silencio.

 A los pocos días me enteré que Gatica se había ido a Buenos Aires. Del viejo lobo no supe más nada. Hoy el galpón sigue abandonado, allá en la calle Don Bosco, a mitad de una cuadra brumosa. Tapiaron todo el frente con un muro de ladrillos impenetrable. Ya no se puede entrar ahí, ni tampoco salir.

 

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