Salí corriendo colina abajo con la cámara filmadora encendida. Quería a toda costa filmar los caballos de cerca, meterlos adentro de la cámara. Sentí que tenía el poder de hacerlo y a eso fui. Un niño de once años con una cámara filmadora en la mano es dios. Era dios, me sentía dios recién llegado a la tierra. Intentaba, mientras corría, mantener el ojo izquierdo en el lente. La filmación era un trote desprolijo. Cielo pasto cielo pasto y a la pasada unas manchas marrones. Son los caballos, cada vez más cerca. Y llegué. Les filmé los ojos y listo, suficiente. Sentí la urgencia de filmar otra cosa. La cámara era un cofre, y yo decidido a meter ahí todo lo que me sea posible meter, así para cuando regrese a la ciudad no lo haga completamente y algo de mí quedara en ese lugar, o algo de ese lugar regresara conmigo.

 Estaba en la estancia del Tío, un viejo gaucho, amigo de la familia. A él lo conocí una noche que se hizo una reunión entre familias amigas en un bar de la ciudad. Cuando todavía existían pulperías familiares, donde se mezclaban niños como yo, adultos como mis viejos, y gauchos, como el Tío, que entraban con las canas todavía humeándoles, recién llegados del campo.

 Hace no más de dos años atrás me llegó una noticia que no sabía si debía preocuparme o sentirme honrado: el Tío me apodó “el quema bosque”. Mis viejos le contaron sobre la tarde que me agarraron a un costado de la casa con una cajita de fósforos encendiendo uno y arrojándolo sobre un mechón de césped que crecía entre la casa y la tierra. Por eso el apodo. Mi vieja, esa tarde me dio de chirlos que me dejó temblando. Pero después ella misma se reía de mi nuevo apodo. Y su risa, de alguna manera, me redimió de la travesura. Alejandro, el “quema bosque”. Creo que en ningún momento pensé en agradecerle ni por el apodo ni por la redención de mi vieja, pero sin lugar a dudas empezaba a quererlo un poco. Incluso, la imagen que tenía de él: la de un viejo gaucho con la risotada roja y el truco con porotos, de rima y vaso de vino con soda, de vozarrón y puños anchos cayendo sobre la mesa; pasó a ser, de temerosa, a otra todavía temerosa pero ya inofensiva. De a poco empecé a atreverme a sonreír cuando me hacía algún comentario, por más que no lo entienda. Empezaba a escucharlo con más atención. A intentar comprender el trasfondo de los versos que hilvanaba cuando jugaba al truco con sus labios violetas, con sus cejas gruesas acodadas sobre los ojos, y sus ojos sobre los pómulos agrietados como barro seco.

 Alrededor de la estancia no había otra cosa más que solamente bosque. Los árboles eran más bien bajos, y había un arroyo que serpenteaba entre matas de cardo y calafate. En el centro de la chacra se alzaba el rancho principal, era enorme, y creo que rojo. Y desde una de sus paredes cruzaba un tendedero de hilo hasta un poste de palo. Cuando giré después de filmarles los ojos a los caballos vi a través de la cámara que en el centro del hilo del tendedero había algo blanco y redondo, con una punta hacia abajo. Me llamó la atención y volví corriendo colina arriba. Cuando llegué la imagen se nubló, me quedé quieto para que vuelva a la normalidad. Con los caballos había ocurrido lo mismo y lo solucioné de la misma manera. No quise mirar por fuera del lente. Y una vez que se aclaró la imagen, apareció el cráneo de una oveja colgado ahí. No lo podía creer. Estaba filmando una escena prehistórica, o de terror, o de ultratumba. Me invadió una electricidad caliente por todo el cuerpo. De fondo, el cielo nublado, y en un primer plano la cabeza huesuda, tan blanca que parecía tener luz propia. Zoom a las cuevas oscuras y escalofriantes que sin los ojos todavía parecían conservar la mirada. Un recorrido lento por las paletillas del hocico. El perfil de la mandíbula. El hilo del tendedero, la cámara girando y mostrando, finalmente, mi cara estupefacta. Perfecto.

 Ya me imaginaba viendo la filmación con mis amigos del barrio. Todos reteniendo la respiración para no empañar la pantalla, y contándoles sobre mi nuevo apodo, y sobre mi travesura, y sobre la risa de mi vieja. Y por supuesto sobre el Tío, ese hombre imbatible, de manos gruesas, de risotada roja, arrojador de palabras duras como porotos crudos. Contándoles que ya no puede hablar. Que no sé pero me parece que esa cabeza de oveja tuvo algo que ver. Que había escuchado la palabra “parálisis”. Que mi vieja lo ayuda a mear en un bidón. Y apenas puede balbucear algunos ruidos sin sentido, y cuando no lo entienden pega manotazos al aire sacudiendo sus brazos como dos ramas brutas, y se enoja, gime y empuja a todos desde su silla de ruedas, y yo lo miro y no entiendo muy bien qué es lo que le pasa, hasta que gira la cabeza y me encuentra con sus ojos, y yo le sonrío manteniendo la distancia de siempre, y entonces nos quedamos quietos.

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*Primer Premio en concurso INTA EXPONE, Patagonia, 2013

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