(por Alejandro Pinto)

Nuestro destino era la Laguna Don Bosco, ubicada en la llanura norte de la Isla Grande de Tierra del Fuego, a dos o tres kilómetros de la costa atlántica. En esa zona, justo en medio de la laguna y el océano, se encuentra la Misión Salesiana. Actualmente funciona como un establecimiento educativo, y cuenta además, en su predio, con un museo y una capilla. Hace poco más de cien años, y a días de instalarse, se inauguró con el nombre de La Candelaria, y era básicamente un centro misionero donde recibían a integrantes de los pueblos originarios que llegaban a esas costas, huyendo del exterminio por parte de asociaciones estancieras, surgentes en esa misma época.

El grupo misionero que organizaba La Candelaria, definían su objetivo para con los aborígenes, como la salvación de Dios. Y poco a poco fueron despojándolos de sus vestimentas, de sus rituales, de sus tierras, y hasta de sus lenguas. Muchas y muchos de las mujeres y hombres del pueblo originario, en gran parte sus mayores, terminaron enmudeciendo para siempre.

Eran casi las tres de la tarde. El cielo estaba gris, completamente encapotado, y el viento soplaba desde el oeste, suave y constante, por momentos inquieto. Nos adentramos a la llanura bordeando el terreno de la Misión Salesiana, de lado sur, sin entrar en él. En el horizonte, desde donde soplaba el viento, se arrimaban grandes nubarrones oscuros. En el camino descubrimos una variedad de entre veinte y treinta florecillas con distintas formas y colores. Algunas no medían más de un centímetro. Marie de inmediato se acercaba lo más que podía, con mucho cuidado, como si no quisiese molestarlas. Las fotografiaba y les decía algo muy bajito, algo para que solamente escuchen ellas.

Más adelante cruzamos una alambrada, al parecer de una estancia. La laguna estaba allá adentro. Notamos las huellas de algunos vehículos, pero recubiertas de coirón, por lo que tenían unos cuantos años sin ser transitadas. La idea de llegar a la Laguna era simplemente para conocerla, y además, reconocer algún vestigio de la antigua presencia de los pueblos originarios que, sospechábamos, en algún momento depositaron sus voces y sus miradas ahí, y donde tal vez hundieron sus pies y manos.

Faltaba menos de un kilómetro para llegar, cuando Marie, que iba delante de mí, se detuvo y empezó a mirar el suelo a un costado, quedándose así por algunos segundos.

-Mirá eso- dijo.

-¿Qué pasó?- le pregunté. Empezó a caminar muy despacio hacia donde miraba.

-¿Qué pasó?- volví a preguntarle, esta vez más cerca suyo.

Ella levantó la mirada y me hizo un gesto con la cara separando un poco sus brazos del cuerpo y abriendo las palmas de las manos, como señalándome el lugar donde estaba parada. Cuando miré abajo suyo descubrí que había un círculo de pasto más joven que el resto del suelo que lo rodeaba. Dentro de ese círculo el terreno se hundía unos veinte centímetros, y en su circunferencia habían cinco o seis pozos pequeños, notablemente más profundos, parecidos a lo que podría dejar una estaca, separados entre sí a la misma distancia.

-Acá hubo alguien- dijo.

-¿Vos pensás?- Le pregunté mientras agachado removía el pastizal del centro del círculo, donde empezaron a surgir pequeños trozos de carbón enterrados donde crecía el pasto nuevo.

-Mirá- Le dije mostrándole unos granos de carbón en la palma de la mano.

-Eso es mierda de oveja- Me dijo riéndose.

-Es carbón- le respondí también riéndome

-Esto es un campamento- dijo después de unos segundos.

-Sí- pensé y dejé caer los granos de carbón.

Cuando volví a ponerme de pie sentí un leve mareo. Marie sintió lo mismo. Ninguno de los dos sabía lo que estaba pasando. Pero en el momento que cruzamos las miradas nos dimos cuenta que algo realmente nos estaba ocurriendo, y que ese escalofrío no era cosa de cada uno, si no que provenía de afuera, de la intemperie, y nos invadió al mismo tiempo. La sensación era como si la tierra estuviera a punto de sacudirse.

Marie empezó a caminar como suspendida sobre el terreno. Había cientos de círculos similares extendiéndose  por toda la llanura. Algunos, en su interior, tenían huesos de guanaco carcomidos por el tiempo, y con vegetación cubriéndolos por partes.

Empezamos a caminar entre esos pozos sin poder pronunciar una sola palabra. A cien metros más o menos de donde estábamos, encontramos un círculo enorme, ocho veces más grande que el resto. Y cien metros más allá: otro. Y otros cien metros, uno más. Siempre rodeados de los más pequeños.

Antes que nos diéramos cuenta, ya teníamos encima los nubarrones oscuros del oeste. La luz gris del día se cerró trayendo la primera llovizna. En cuestión de unos minutos la tarde se tornó azul oscura y empezó a caer una lluvia pesada y ensordecedora. En ese momento nos separamos con Marie varios metros, caminando entre los círculos que cada vez eran más frecuentes. Cientos había, parecía un campo completamente minado. En eso escucho unas voces detrás de mí.

Giré y con los ojos entrecerrados por la lluvia torrencial me pareció ver unos niños con sus cuerpos marrones cubiertos con una especie de cuero, correteando entre los círculos, donde de repente desaparecieron una especie de chozas cónicas, cientos de ellas desaparecieron, y más allá una similar pero de unos siete metros de altura y unos diez de ancho. Todo ocurrió en un segundo. Sentí un golpe caliente en el pecho, y un estremecimiento en las manos.

Otras voces, desde mi costado derecho, y apenas perceptibles bajo el ruido de las gotas pesadas cayendo sobre mi capucha, también desaparecieron. Giré la cabeza hacia allá. Eran voces de mujeres adultas, hablando algo en un idioma tosco, pero con un tono melancólico.

Busqué a Marie con la mirada, vi su figura cruzando entre dos de estas chozas cónicas mientras se esfumaban. Seguí caminando y me invadió repentinamente una tristeza muy profunda. Lágrimas gruesas brotaron de mis ojos mezclándose con el agua fría que caía del cielo.

En un momento el chubasco se tornó tan fuerte que no pude mirar más allá de mí. La intensidad del aguacero hizo desaparecer el entorno azul oscuro, agregándole una especie de neblina densa. Busqué a Marie otra vez pero lo único que había era un círculo de pasto bajo mis pies, sosteniéndome en un cielo lluvioso e infinito. La piedra del mundo se redujo a eso.

La angustia desapareció. Ya no podía sentir nada. Estaba en otro estado, en otro lugar. Enseguida sentí una presencia acercándose desde el Este. Era una presencia gigantesca, murmurando algo con una voz gruesa y profunda, con una voz lejana que ocupó todo el espacio. Identifiqué, sin comprenderlo, el mismo lenguaje tosco de las mujeres que escuché minutos antes. El murmullo gigantesco se detuvo y otro, proveniente  del otro costado, desde el Oeste, y de la misma magnitud, respondió algo en otro idioma indescifrable.

Después de eso, silencio absoluto. Nunca cerré los ojos, pero sentí como si los estuviera abriendo, reencontrándome otra vez con la llanura, rodeado de coirón y de esos círculos de pasto fresco. Las nubes se abrieron y el sol volvió a tocar la tierra. Encontré a Marie unos metros más allá, de espalda a mí, mirando hacia el Este. Me acerqué a ella.

-¿Sentiste eso?- Le pregunté estremecido

-Sí- Me respondió sin mover la mirada de su lugar.

-¿Escuchaste las voces?- Le pregunté

-Mira eso- me dijo.

Cuando vi hacia donde ella miraba descubrí una enorme cruz de concreto con una de sus caras hacia el Océano y otra hacia la llanura donde estábamos. Nos quedamos callados mirándola. Una sensación terrible nos ocupó por dentro, como si aquella tormenta se nos hubiera trasladado al alma.

Nos alejamos de esa llanura caminando varios minutos en silencio. Y poco a poco fuimos recobrando nuestro espíritu civilizado. Pero esa sensación, esas voces, ese silencio cargado de mensajes primitivos, quedó sellado en nuestra médula.

 

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