Pisamos y se entierran las pisadas.

Se hunden, la turba nos retiene

como queriendo incautar la marcha

retardar el paso raudo, distraerlo.

 

Nos detenemos pues, aminoramos.

Es un paisaje fueguino de humedales:

musgos ocres, verdes y marrones

en el agua quieta, somera y silenciosa.

  

Una garza blanca, de repente, se inmoviliza.

Equilibrista solitaria en montículo turboso

a la espera de un pez, paciente, aguarda.

En el bosque circundante, el toc toc de un carpintero

y bandadas de otras aves en gorjeos, aleteos.

 

Más allá una castorera; un castor desprevenido

se hunde, chasca la cola al descubrirnos.

Se escabulle sumergiéndose en represas

de barro y troncos, de ingeniosa alfarería

en lagunas improvisadas -de su autoría-

donde quedaron detenidos en embalses

árboles ahora secos, blanquecinos:  

altos y delgados, fantasmas madereros

carcomidos,  

señalan el cielo ceniciento

como para alcanzar un cielo arbóreo,

el de las ansias:

sin motosierras, hachas, ni castores…

 

Elevan una plegaria sostenida apenas

por raíces como flores semihundidas

por ramas espectrales, de huesos nacarados

que auscultan nubes: las anidan.

 

El turbal que antes fuera mancha ocre

se presenta distinto al demorarse.

Hay islotes, montes, lagunitas

hay diseños y formas escondidas.

Hay lenguas de fuego que susurran,

centellean, se instalan como estrellas

dormidas en los pliegues de la turba.

 

Nos convocan, nos convidan, nos exhortan.

Nos congregan en húmedos llamados

de esponjosa suavidad

de antiguas voces vegetales…

 

Inducen al convite, a infiltrarnos

en esa aguada melena pelirroja

de fibras musgosas que se lían

en la urdimbre de la historia planetaria

de geológicas eras que la pueblan

testigos de hundimientos y alzamientos,

de volcanes y mares, glaciares en retirada…

 

Espesura esponjosa recorrida por el agua,

habitada por el agua

hecha del agua misma…

El agua, siempre el agua, vital,

que fluye y se derrama, se desliza,

se hace subterránea y subrepticia,

se escurre, se dilata, se aquieta,

se hace espejo de lunas y montañas.

 

Nos dejamos caer en el turbal

que invita a relajarnos, a esparcirnos.      

Como en cama elástica gigante de Natura

nos lanzamos sin miedo, sin censura.

Saltamos, retozamos, corcoveamos

libres de freno y de montura.

Jugando a la intemperie como niños,

esos que fuimos; los que aún somos.

 

Nos zambullimos en trompos y piruetas

en colchón vegetal almohadillado.

Con los brazos en cruz, ya nos cerca

la felpa estremecida de la turba.

Sumergidos en cosquilleo húmedo,

levitamos…

 

Nos mece suave, levemente nos aúpa

en vientre maternal de hebras y gotas.  

Buceamos subyugados, cautivos

entregados al embrujo de inmersión intrauterina.

Regresamos a otras vidas, apenas esbozadas

en murmullos inaudibles, que resuenan y retornan:

por fisuras de puertas clausuradas,

laberintos por monstruos custodiados,

paisajes remotos, avizorados en las tinieblas,

ansiados por las fiebres, el arte, la locura…

 

Flotamos en océano de olas otoñales,

cadenciosas y mullidas de hojarasca.

Medusas oscilantes, nos rodean

en sigilo. Alguien se asoma.

Es una niña en la grupa de delfines:

arrebaña los pétalos de la Rosa de los Vientos

deshojados;

los hilvanes dibujados por la escarcha,

los rostros infinitos del agua multiplicados en los espejos.

 

Cabalga fascinada tras los ecos

de un ánfora perdida en un naufragio.

Atesora códice secreto que contiene

la pulsión del deseo en la estirpe del silencio;

las palabras que trenza la nostalgia,

la rítmica escritura de la lluvia:   

los ideogramas que engendra, en charcos de arrabales.

El cuenco salobre, herrumbrado de una lágrima

-genealogía tormentosa de los llantos-

que inquieta la paz de los estanques…

 

Antiguas baladas desatan el corazón de ese silencio:

la pulpa de la luz, la del asombro…

los cantares de la luna y las sagas de los bosques,

los poemarios de la hierba y de los musgos

los ritos ancestrales de equinoccios y solsticios.

Ella busca el códice con afán, lo persigue con desvelo

en el ánfora extraviada.

A horcajadas, en patinoso lomo de delfines…

 

En itinerarios de humos, nieves y borrascas

galopa tras cartografía turbia, borrosa       

de sueños  y recuerdos.

Ahí están los trenes que se han ido, que no vuelven;

una muñeca de trapo que aún espera,

en calle de adoquín de azul infancia…

El vértice de un ala que insinúa un hada,

un runrún en el follaje, donde duendes se escabullen…

Un ángulo desnudo donde se hamaca un ángel,

¿el de la muerte? ¿el de la guarda, quizás? Ambos aguardan…

 

Jinetea y con el roce del aliento

estría la textura de tizne de la noche

Allí donde hordas de huecos ramonean

desvanecidos aposentos,

moradas despojadas de consuelo

la muerte con su acervo de sombras en claroscuros

sangre en duelo; exilios, lejanías…

 

Remonta las arrugas, los repliegues del dolor

y las cicatrices

Tambalea en los andamios del vértigo donde transitan

los días, equilibristas improvisados.

 

Se detiene en el polvo de una huella errante,

que se esfuma en jardines en la bruma;

en la silueta efímera del agua y del arena,

en dunas que migran de horizontes…

En una estela de vapor, y el borroneado corazón

que una mano dibujó en los cristales.

 

Desde nuestro mullido refugio

contemplamos el cielo que se desprende

a pastorear con sus corderos, a nuestra vera.

Nos husmea la fronda con rojo hocico del otoño:

se fractura en vahos ámbar, naranjas, amarillos…

 

Una hoja cae en nuestras narices:

pequeña, dorada, es de una lenga

que el viento acercó de allá del bosque,

donde un manto de hojas secas cubre de oro

el fino humus que se escurre entre los dedos.

 

En la turba rojiza queda estampada

nuestra huella fresca, registrada:

los musgos se apelmazan con nuestro peso

y al incorporarnos -roto el hechizo-,

una amazona huye, liberada.

No queremos herirla, entendemos

la señal:

Ya la humedad nos trepa el cuerpo,

sentimos frío…

es hora del regreso a tierra firme

al bosque del oro, al resguardo de la lluvia.

 

A la vida conocida, a esa rutina

que nos aleja de ánforas, naufragios,

de historias de memorias sumergidas

capa tras capa en la espesa turba:

en las entrañas de la tierra profunda,

turbal adentro, contenidas …

 

Como la garza, el turbal paciente espera

nuestra odisea personal, surrealista casi…

Quien se ha asomado a leer sus textos subterráneos

no cejará hasta reencontrarlos y retomarlos

en repetidas veces:

para desentrañar esa lengua hermética,

misteriosa,

que ora nos seduce, ora nos emplaza…

 

SANDRA GIOIA, DE USHUAIA.

 

 

 

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