Antes mi hijo decía luenga
en vez de lengua.
Yo no lo corregí
ni una sola vez,
amaba el sonido
de esa palabra extraña
como recién nacida.

Cuando alguien le enseñó
“Se dice jirafa, no firasa”
de verdad lo lamenté, igual con la mariposa,
que antes era papiosa.
Sabía que esas palabras
no se quedarían
mucho tiempo ahí en su voz.

¿Para qué apurarse entonces?
Las palabras habituales
están ahora en su sitio.
Excepto, cuando quiere hablarme
de jaguares y dice:
“Mamá están en vidas de extinción.”
Ya sabemos, no hay que decirle nada,
quizás queden algunos días así
en que la vida sea lo que se extinga,
sin intermediarios.

Texto: Manuela Gómez
Foto: Pinterest

Voz: Ignacio Quiroga

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