El predicador con austeras sandalias de pescador y boina negra, que contenía su pelo blanco y rebelde, fue uno de los grandes poetas místicos de la humanidad. Desde una estética de la economía verbal que mezcla las poéticas de los antiguos latinos, la de los indígenas precolombinos, los chinos y japoneses -además del hondo sentimiento bíblico de los Salmos y el Cantar de los cantares-, su palabra va al hueso de lo sensible para comunicar más y mejor.

“¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos. Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una estrella. Somos polvo de estrellas (…) De las estrellas somos y volveremos a ellas”. Viene a la mente estos versos de la Cantiga 4 titulada “Expansión” de Cantico cósmico de Ernesto Cardenal, el gran poeta y sacerdote nicaragüense que murió a los 95 años en Managua.

Cardenal fue ministro de Cultura de la revolución sandinista y una destacada voz de la teología de la liberación, que será recordado por creer en la revolución, el marxismo y el cristianismo contra viento y marea, una especie de suprema “herejía” acaso ratificada por la amonestación en público que recibió del papa Juan Pablo II.

“La poesía ha sido mi vida. Soy poeta, sacerdote y revolucionario, pero la primera vocación con la que nací fue con la poesía. Si algún impacto tiene mi obra es por razones extraliterarias. Yo no soy grande como escritor, pero es grande la causa que inspira mi poesía: la causa de los pobres y de la liberación”, resumió Cardenal el sentido de su existencia que comenzó en la ciudad de Granada (Nicaragua), el 20 de enero de 1925. Una influencia capital para este sacerdote y monje trapense comprometido con la liberación de los pueblos, sin duda, ha sido el descubrimiento de la poesía norteamericana y en particular el hallazgo de la obra de Ezra Pound, a quien Cardenal tradujo al español, después de su permanencia en Nueva York, entre 1948 y 1949, como estudiante de la Universidad de Columbia. De Pound tomó un recurso que “consiste más que en un collage, más que en la cita de un trozo de rango poético, en una sabia redistribución de la prosa del historiador o del viajero hasta que alcance un nivel lírico o épico.

Sus poemas son así, bellos y vastos documentos ajenos cuya gracia está en los cortes y en las junturas”, planteó Pablo Antonio Cuadra. El propio poeta, en una conversación con Mario Benedetti, admitía la influencia de Pound, que le hizo ver que “no existen temas o elementos que sean propios de la prosa, y otros que sean propios de la poesía”. “Todo lo que se puede decir en un cuento, o en un ensayo, o en una novela, puede también decirse en un poema. En un poema caben datos estadísticos, fragmentos de cartas, editoriales de un periódico, noticias periodísticas, crónicas de historia, documentos, chistes, anécdotas, cosas que antes eran consideradas como elementos propios de la prosa y no de la poesía”.

A fines de la década del 40 viajó por París, España e Italia hasta que en 1950 regresó a Nicaragua y empezó a escribir sus poemas, esos que por su tono pausado inauguró lo que la crítica denominó “tendencia neorromántica”. Su maestro, el poeta nicaragüense José Coronel Urtecho (1906-1994), le enseñó “las técnicas de una poesía de periodista, escrita con imágenes no con metáforas, directa y concreta de cosas reales y la vida ordinaria”, según confesó Cardenal.

En 1954 participó del movimiento conocido como la “Rebelión de Abril”, que intentó acabar con la dictadura de Anastasio Somoza. Pero el intento fracasó y terminó con la muerte de muchos de sus compañeros y amigos. El poeta decidió ingresar a la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní (Kentucky, Estados Unidos) en 1957, donde Thomas Merton fue su maestro de novicios y mentor espiritual, aunque por problemas de salud, Cardenal se fue del monasterio y continuó sus estudios religiosos en el Monasterio Benedictino de Cuernavaca (México). “Su trabajo poético –explicaba Merton– estuvo bastante restringido en el noviciado. Escribió tan solo las notas más sencillas y prosaicas de su experiencia, y no las desarrolló en forma de ‘poemas’ conscientes. El resultado fue una serie de sketches con toda la pureza y el refinamiento que encontramos en los maestros chinos de la dinastía Tang. Jamás la experiencia de la vida de noviciado en un monasterio cisterciense había sido dada con tanta fidelidad y, al mismo tiempo, con tanta reserva. El calla, como debía, los aspectos más íntimos y personales de su experiencia contemplativa y, sin embargo, esta se revela más claramente en la absoluta sencillez y objetividad con que anota los detalles exteriores y ordinarios de esta vida. Ninguna retórica del misticismo, por muy abundante que fuera, podría haber jamás presentado tan exactamente la espiritualidad sin pretensiones de esta existencia monástica tan sumamente llana”.

Influido inicialmente por Rubén Darío, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Federico García Lorca, pasó del poeta lírico y subjetivista, en sus comienzos, al poeta solar, diáfano y de tono épico que impera en buena parte del conjunto de su obra. A partir de que fue ordenado sacerdote en Managua, en 1965, enlazó e integró escritura y militancia religiosa-política. En 1966, junto a Merton, fundó una pequeña comunidad contemplativa en una isla del archipiélago de Solentiname, donde se fomentó el desarrollo de cooperativas, se creó una escuela de pintura primitiva y un movimiento poético entre los campesinos, además del trabajo de concientización sobre la base del Evangelio interpretado revolucionariamente. En poesía, publicó Hora 0 (1957), Gethsemani Ky (1960), Epigramas (2001), Salmos (1964), Oración por Marilyn Monroe  y otros poemas (1965), El estrecho dudoso (1966), Mayapán (1968), Homenaje a los indios (1969), Canto Nacional (1973), Oráculo sobre Managua (1973), Canto a un país que nace (1978), Tocar el cielo (1981), Vuelos de victoria (1984), Los ovnis de oro (1988) y Cántico cósmico (1989), entre otros títulos.

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